En busca del logos armenio. Parte 2: De la ruina al renacimiento

La Armenia geográfica, que carece de meta, funciones y conciencia estratégica, está condenada a la muerte inevitable. Sin embargo, tampoco ese es el fin del Mundo armenio.

República Armenia
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La historia de la formación y el desarrollo de la Tercera República tras 1994 se vio empañada por traiciones sin parar, amateurismo y degradación. Muchos de los que pertenecieron a la primera generación de los agentes de cambio y estadistas perecieron en el transcurso de la Guerra de Liberación de Artsaj o fueron asesinados en el atentado que tuvo lugar en el Parlamento armenio en octubre de 1999. A partir de entonces, los acontecimientos siguieron un guión totalmente predecible. Se formó el sistema feudal–clánico que obstaculizaba la construcción nacional. Emergió una clase mediocre de burócratas y politicastros que reemplazó a verdaderos estadistas y dirigentes. Se instaló un régimen basado en la mera imitación más que en la creación. El país se convirtió en un muerto viviente, que intentaba desesperadamente convencerse a sí mismo de que estaba vivo, decente, a veces incluso agradable, y capaz de ser útil y activo.

El ámbito político de los vivos se distingue de la Tierra de Zombies habitada por los muertos vivientes por la presencia de un sueño. Un sueño es una categoría metafísica que configura la conciencia estratégica. Sin él, resulta imposible abordar los asuntos epistemológicos fundamentales, es decir, ¿quiénes somos?, ¿qué constituye la “armenidad” y cuál es su logos? Este camino es espinoso, peligroso y arduo, y exige una disciplina espiritual e intelectual rigurosa. Existe, sin embargo, una solución alternativa más sencilla, es rechazar las categorías metafísicas y rendirse al hedonismo, un falso ídolo. En este escenario, la meta se simplifica enormemente. Se reduce meramente a involucrar a todas las partes interesadas en la generación del PIB, el dispendio y la forma de vida de filisteos sin rumbo. ¿Para quién?, ¿porqué? y ¿cuál es el objetivo? son asuntos que no merece la pena abordar, porque se trata de la prolongación de la existencia deprimente en modo semiparasitario.

¿Por qué sentir pena por monumentos culturales milenarios, que son ejemplares del  patrimonio cultural único, abandonados a los actos de vandalismo enemigo? Podemos alegrarnos, en cambio, por la construcción de conjuntos residenciales, que aparecen como hongos y carecen de buen gusto. A propósito, la familia del héroe Robert Abajián no puede permitirse un apartamento en tal complejo residencial a diferencia de los empleados foráneos de la empresa NVIDIA, quienes jamás llegaron a visitar el Memorial Yerablur. ¿Qué sentido tiene angustiarse una y otra vez por la carretera de Berdzor, por los acontecimientos vergonzosos y humillantes que tuvieron lugar en 2023? Tal corredor se convirtió en la ruta del éxodo para los armenios de Artsaj, que se expulsaron ​​de su patria que sus concienzudos antepasados ​​habían construido a lo largo de los siglos con su sudor y sangre.

Resulta mucho más agradable contemplar la superficie semibrillante de la carretera en el centro de Ereván, disfrutando de la posibilidad de recorrerla a bordo de un Mercedes blindado rodeado por la caravana gubernamental. Mientras el dueño de tal coche mató impunemente a una joven embarazada durante un trayecto sin norte. Al fin y al cabo, ¿qué sentido tenían este “Estado”, los cientos de asociaciones que actúan con aplomo, repartidas por el mundo, figuras como Eduardo Eurnekián, Noubar Afeián y Serj Tankián, y las decenas de resoluciones sobre el reconocimiento del Genocidio armenio que recibieron amplia publicidad, si por último hemos presenciado la otra ruta de la Vergüenza y la Humilidad aparte de la carretera de Berdzor?

A lo largo de diversas regiones y épocas, cientos de pueblos libraron batallas sangrientas, asesinaron a la gente y superaron penurias en aras de establecer su país. En la mayoría de los casos, la meta era sencilla: garantizar un espacio sobre el cual formar su modo de vida económico y sociocultural. Las fronteras trazadas dentro de límites geográficos específicos que tenían una cualidad misteriosa, creaban una ilusión casi perfecta de control sobre el hado. Sin embargo, la historia ha demostrado de vez en cuando y sin remordimientos que una estatalidad que carece de contenido sustancial no tiene ningún valor. Pero, al fin y al cabo, ¿por qué reflexionar sobre este asunto? ¿Por qué preguntarse, una y otra vez, por qué el así llamado Estado no logró conseguir la meta para la que se estableció? Hemos de simplemente aceptar la realidad y alegrarnos de que los armenios desplazados de Artsaj reciban certificados de vivienda (aunque a menudo los refugiados deben recurrir a préstamos adicionales y soportar humillantes colas para obtener pasaportes de la República de Armenia con el código “correcto”), y dar las gracias a los oficiales del Estado Mayor soviético, que, en una borrachera, delimitaron las fronteras para una de las civilizaciones más antiguas del mundo.

Para quienes eligieron el segundo camino, la discordancia parece insignificante. Al fin y al cabo, el Estado Mayor soviético hizo un aporte inestimable a la paz largamente esperada entre dos pueblos hermanos. La enemistad entre los dos había sido sembrada por los padres fundadores de la Unión Soviética, faltos de visión. Turquía que se niega a reconocer los crímenes cometidos contra los armenios entre 1915 y 1923, que estableció su Estado sobre las ruinas del Mundo armenio, ahora sigue convirtiéndose en un “socio” (o, en realidad, en la metrópoli) del así llamado Estado armenio. Mientras que el Estado armenio fue creado originalmente para contener las ambiciones de Angora de poner fin a la Cuestión armenia definitivamente. Sin embargo, ahora el “canciller” llamado Ararat afirma con rotundidad ante los filisteos locales que el monte Ararat, la cuna de la etnia armenia, no debe figurar en los nuevos pasaportes biométricos de la “Cuarta República” (o “Armenia Real”) porque los hermanos en Angora no lo aprobarían. Mientras tanto, se considera obsoleta la “alianza estratégica” con la Federación Rusa. No porque Moscú armara a Azerbaiyán y se uniera a Angora para desmantelar Artsaj, sino porque así lo exigieron los nuevos “amigos” europeos, ofreciendo a cambio la perspectiva fantasmal de la liberalización de visados y la oportunidad de llamarse un miembro pleno del mundo occidental civilizado.

La política de silenciar y perseguir a quienes mencionan la palabra “Artsaj” ya no se aplica por Azerbaiyán, sino más bien por el así llamado Estado armenio, una entidad que se formó del movimiento Miatsum, el concepto ideológico de reunificar Armenia y Artsaj. En estas circunstancias, no vale la pena plantear la cuestión de “ser o no ser”, pues la Armenia geográfica optó por no hacerse el “Estado armenio nacido del Miatsum”, no llegó a convertirse en una garantía firme que el Genocidio armenio no se repetiría, no logró hacerse la “tierra de todos los armenios” ni en la “arquitecta del Mundo armenio”. Nada de eso puede materializarse en el presente. Lo que sí tendrá lugar es la “Armenia Real”, una “putería geopolítica con las relucientes fachadas de cristal instaladas por la corporación NVIDIA”, una “Cuarta República cuya infraestructura estratégica se entrega al dueño de un casino en línea” y un “país para todos, excepto para los armenios, la historia armenia y el monte Ararat”. En este país, el patrimonio, el honor y la dignidad no son bienvenidos. En su lugar, las ventajas percibidas son la lealtad a la metrópoli, la cobardía, la indecisión y el deseo de vivir en “paz”, aunque ello implique conceder a los nuevos “amigos, socios y hermanos” el derecho de pernada.

La cúpula feudal-clánica de la Armenia geográfica, incluidos los dirigentes coloniales de diversa índole, y aquellas figuras del Mundo armenio que durante décadas legitimaban este proceso de decadencia y degradación optaron por su camino. No se trata de opiniones, conjeturas o teorías, son hechos y resultados innegables e irrefutables. No debemos mantener ilusiones, porque en esta etapa, la Armenia geográfica, también conocida como la “Armenia Real” o la “Cuarta República”, que carece de meta, funciones y conciencia estratégica, está condenada a la muerte inevitable.

Sin embargo, tampoco ese es el fin. No debe considerarse un acontecimiento trágico el desenlace de una entidad que prioriza conscientemente los complejos residenciales erigidos con el uso de los materiales turcos, así como prima las tecnologías de la empresa NVIDIA por encima de Artsaj, la historia, la memoria y la dignidad. No olvidemos que estamos ante los muertos vivientes, es que, una entidad que simplemente finge estar viva o que se ha engañado a sí misma creyéndolo. No obstante, su muerte no supone el fin del Mundo armenio, contrariamente a la narrativa propagada por diletantes tanto dentro de Armenia como en el extranjero. Israel e Irlanda son ejemplares vivos y funcionales de lo contrario, porque resurgieron de las cenizas, se desarrollaron y fueron protegidos por sus aristocracias nacionales de alcance global. Se ha lanzado el proceso de sistematización y estructuración del Mundo armenio, un ámbito que tiene un inmenso potencial tanto creativo como destructivo y que hasta ahora carecía de dirección. Conducirá inevitablemente a un único resultado, es que, dará luz a la soberanía armenia sustancial con todos los efectos que ello conlleva.

Continuará…