Juegos de los desesperados

No vale la pena esperar que la disonancia entre otras potencias regionales empiece automáticamente a beneficiar a Armenia.

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La reconfiguración del orden regional ha agudizado las relaciones entre Turquía e Israel y ha revitalizado el tema del Genocidio armenio en la agenda bilateral. El Gabinete israelí reconoció recientemente el Genocidio de 1915. Esta resolución aún debe ser aprobada por la Knéset, que hace apenas 8 años, siguiendo el ejemplo del Ministerio de Asuntos Exteriores, no encontró una razón suficiente para tomar respectiva decisión. Ahora, sin embargo, la Cancillería israelí se muestra orgulloso de haber “cumplido con el deber moral y rechazado los intentos de negacionismo” del primer genocidio del siglo XX.

¿Merecía la pena empañar la sagrada memoria de las víctimas del Genocidio armenio mencionándolo en una misma publicación junto al nombre de Benjamín Netanyahu, buscado por la Corte Penal Internacional por los presuntos crímenes contra la humanidad? ¿Acaso el Mundo armenio no merecía algo más que un breve anuncio en redes sociales? Que estas preguntas las respondan los ministros israelíes ante su propia conciencia. La misma lógica se aplica al contexto en el que se realizan tales declaraciones. Netanyahu se enfrenta próximamente a nuevas elecciones parlamentarias en las que corre un serio riesgo de no ser reelegido como el premier, mientras las relaciones con Angora tocan el fondo debido a la continua agresión militar en la Franja de Gaza.

Lamentablemente, no es la primera vez que el Mundo armenio observa cómo la Cuestión armenia se convierte en un arma política en el enfrentamiento entre dos potencias, aunque esta vez sean regionales. Por ello, especialmente ahora, debemos adherirnos al pragmatismo en nombre de la soberanía armenia. Eso es nuestro deber ante todos aquellos que dieron sus vidas por el derecho a seguir siendo armenios.

El problema, en primer lugar, está en nosotros mismos. En ocasiones anteriores, cuando las circunstancias lo permitían, el Mundo armenio movilizaba su potencial para restaurar la soberanía. Esto se consideraba justamente el único medio de evitar la repetición del Genocidio (¿para qué sirve, si no, su reconocimiento?). Hoy, en cambio, el Mundo armenio está desorientado y “ablandado” por la existencia nominal de la República de Armenia, o mejor dicho, la imitación de soberanía nacional verdadera.

Por desgracia, todo está claro en lo que se refiere a la Armenia geográfica actual desde hace tiempo. Se encuentra bajo el control completo del mundo turco. Ahora se lanza una licitación para vender el Mundo armenio con sus recursos, influencia, conexiones y el apasionamiento que emerge demasiado lentamente.

El Ministerio de Exteriores de Israel comenzó su declaración sobre el reconocimiento del Genocidio armenio con las palabras “nunca es demasiado tarde”. ¿Es realmente así? La respuesta a esta pregunta retórica fue el silencio retumbante por parte de Ereván y las advertencias retaliativas desde Angora y Bakú, para quienes el reconocimiento del Genocidio armenio equivale al reconocimiento de su pecado original. ¿Tal vez no era demasiado tarde después de la Guerra de los Cuatro Días (2016), cuando Israel suministró al Azerbaiyán genocida no solo tecnología, sino también instructores militares? ¿No era demasiado tarde en el infierno de la Segunda Guerra del Alto Karabaj (2020)? ¿No era demasiado tarde incluso en septiembre de 2023, cuando los “fiables socios azerbaiyanos” ya cortaron la conectividad entre Artsaj e Irán, pero Turquía aún no controlaba la región completamente?

Por haber provisto los recursos ricos materiales y de lobby voluntaria y pragmáticamente que los israelíes tienen a disposición para efectuar la fase final del Genocidio armenio, los satélites del mundo turco se apuraron a “agradecer” a Israel con el ataque del 7 de octubre de 2023. Para ese momento no habían pasado ni dos semanas desde el desplazamiento forzado de los últimos armenios de Artsaj. Porque la opinión pública mundial rápidamente cambió su atención de los armenios asesinados a los israelíes asesinados, no era una sorpresa que pronto también muchos olvidaron a estos últimos. Hoy en las capitales europeas e incluso en Estados Unidos se discute la retaliación israelí que se inició el 8 de octubre de 2023 más frecuentemente.

Sin duda, las guerras existenciales y por un lugar bajo el sol no se ganan mediante las simpatías públicas, sino en el campo de batalla: diplomático, entre grupos de presión, económico y, en última instancia, militar. Sin embargo, la resolución militar de los conflictos es negativa no solo por la violación de normas internacionales humanitarias largamente olvidadas, sino porque demuestra debilidad. En el frente de batalla se puede vencer al enemigo, pero es necesario que esa victoria se observe por otras potencias que la acepten y legitimen, incluidos los derrotados y sus sponsors.

Precisamente aquí Israel tomó una decisión tardía. Los palestinos y Turquía que los apoya situacionalmente no aceptarán su victoria táctica. En cambio, la Armenia geográfica se entregó plenamente a Turquía, mientras que esta potencia en parte gracias a Israel sirve como patrocinador de la Armenia colonial así como de Hamás. Los israelíes lo entienden, por lo que intentan apostar por el Mundo armenio. Lo consideraban enemigo y competidor durante mucho tiempo, pero ahora no desean verlo reconfigurado en una herramienta en manos de Turquía. Por esta causa llevaron a cabo lo más sencillo, es que, el reconocimiento del Genocidio armenio. La memoria del Genocidio siempre estaban sujetos a las consideraciones estratégicas israelíes.

Así, intentando conseguir un aliado fiable contra Irán, Tel Aviv incentivó objetivamente la consolidación de una potencia que sacó a luz su proyecto neo-otomano y que hoy aspira abiertamente al liderazgo en el mundo suní, entrando en un enfrentamiento directo con Israel. Lo mismo tuvo lugar durante el Imperio otomano, que, a propósito, dominó la antigua región de Palestina. En otras palabras, Israel empieza a comprender que el apoyo del tándem azerbaiyano-turco ha sido una falta estratégica.

Si hace unos años Turquía se evaluó en Israel como un socio problemático pero indispensable, ahora se percibe cada vez más como un aspirante a hegemonía regional y una amenaza a la seguridad nacional más seria para el Estado judío. La influencia turca en el Cáucaso sur, que es una región cercana a Irán, ya ha alcanzado un nivel principalmente nuevo. El “minisultán” turco encabeza el Gobierno en Bakú y se atreve a criticar a Israel después de obtener lo que necesitaba. En Ereván se ha instalado el sátrapa turco obediente y colaboracionista que no tiene homólogos entre los alcaldes en Turquía. Armenia se gobierna por el temor, sembrado no tanto por Turquía y Azerbaiyán como por el apoyo implícito que han recibido en las capitales mundiales gracias a Israel. Entonces, incluso si Israel ha utilizado el asunto del Genocidio armenio como una palanca para ejercer presión sobre Turquía, esta medida no cambiará el equilibrio de poderes regional.

Paradójicamente, el empeoramiento de las relaciones turco-israelíes puede generar combinaciones que no era imposible imaginar hace meses. En Oriente Medio no hay amigos ni enemigos eternos. Incluso Irán e Israel podrían convertirse en aliados circunstanciales si ambos identifiquen la expansión turca como un desafío directo y de largo plazo para sus intereses nacionales. Tanto Teherán como Tel Aviv por diferentes razones no se interesan por la transformación de Turquía en un poder hegemónico que controla rutas energéticas y de transporte clave desde el Mediterráneo oriental hasta Asia Central. Al fin y al cabo, dos potencias oponentes, que son realmente tal para cual, dividían la región durante milenios. El Imperio otomano incluso está lejos de cumplir siquiera su primer milenio. Esto es insignificante en lo que se refiere a esta área tan antigua.

Sin embargo, para Armenia este enfrentamiento no ofrece ventajas indudables, a pesar de la benevolencia persiana (aunque relativa) y el deshielo imprevisto por parte de los israelíes. Al contrario, la tensión creciente puede aumentar incluso más la importancia del Cáucaso sur como espacio de rivalidad geopolítica, incluyendo tales asuntos como el tristemente célebre “Corredor de Zangezur”, que ahora se llama eufemísticamente “La Ruta Trump”. A propósito, incluso tal nombre se ha aparecido con el respaldo de los grupos de cabildeo judíos en EE.UU.

Si Israel finalmente concluye que Turquía representa un reto a largo plazo más peligroso que Irán, Tel Aviv podría intentar entorpecer la expansión neo-otomana en diversas direcciones, desde el Mediterráneo oriental hasta el Cáucaso sur. No obstante, como se mencionó anteriormente, las facultades que Israel tiene a disposición en este ámbito se han menoscabado. Tras la destrucción del Artsaj armenio y la formación de una nueva coyuntura regional (aunque temporal), Angora y Bakú ahora toman el control bajo una zona estratégica prácticamente ininterrumpida desde el Altiplano armenio hasta el Mar Caspio y Asia Central. El único obstáculo geográfico es la provincia sureña armenia de Syunik, fronteriza con Irán. El interés israelí en esta región, tan importante para Turquía, claramente no inspira confianza en un futuro pacífico y que permanezca bajo el control armenio para la última frontera del Mundo armenio, hasta que finalmente quede rodeada por el mundo turco.

Es evidente que el fortalecimiento de Turquía mediante la absorción de Armenia y el capital humano del Mundo armenio impedirá que la nación política transnacional israelí recupere su posición vulnerable. También es evidente que, una vez alcanzada esa meta, Israel se esforzará por neutralizar al Mundo armenio. Esto continuará mientras el Spiurq, o sea, las comunidades armenias desperdigadas por todo el mundo, y el Estado armenio sigan siendo mera pieza de mobiliario en lugar de establecer junto con otras potencias el orden regional en el Gran Oriente Medio.

Los optimistas deberían profundizar en la crisis en torno al Barrio armenio de Jerusalén para comprender el tipo de «aliado potencial» con el que estamos tratando. Israel no está condenado a estar en bandos opuestos al Mundo armenio. Las agrupaciones más moderadas dentro de la sociedad israelí lo reconocen. Sin embargo, el Estado judío, a diferencia del Estado armenio que es una imitación de soberanía, se fundamenta en una ideología y filosofía nacional profunda y coherente, orientada ante todo a la supervivencia, y solo después a la prosperidad, de la nación política transnacional israelí. En estas doctrinas, el Holocausto y el judaísmo siempre tendrán prioridad sobre humanidad, justicia histórica y respeto por otras civilizaciones antiguas. El Genocidio armenio jamás se equiparará al Holocausto, a pesar de haber sido su precursor. Los cristianos armenios, indígenas, indefensos y pusilánimes, siempre serán el chivo expiatorio y objeto de odio de los radicales locales amparados por la cúpula israelí.

En el Estado judío, que hoy predica sobre un «deber moral» respecto al Genocidio armenio, la presencia histórica armenia en la Ciudad Santa no solo no ha recibido la protección adecuada, sino que sigue enfrentando serios desafíos.

En otros términos, la nueva confrontación entre Turquía e Israel no crea una «ventana de oportunidad» para Armenia, sino principalmente genera nuevas formas de los antiguos riesgos. Precisamente por eso, el Mundo armenio no debe dejarse llevar por las emociones ni responder a las declaraciones adoptadas por naciones extranjeras, sino aprender lúcidamente la coyuntura internacional. Mientras nos distraemos con la política interna y externa aplicada por los países ajenos, los vestigios del Estado armenio y de su influencia internacional podrían escapársele de las manos. Se trata, en particular, de la Sección 907 de la Ley de Apoyo a la Libertad promulgada en los Estados Unidos.

Pase lo que pase mañana (y debemos reflexionar sobre nuestro destino y estar preparados), Israel no pondrá esfuerzo para honrar la memoria del Genocidio armenio de manera adecuada. Turquía no abandonará sus ambiciones. El sátrapa turco que dirige el Gabinete en Ereván junto con sus jóvenes jenízaros no cesarán de desmantelar los restos de nuestra soberanía. Irán no pondrá los intereses armenios por encima de los suyos. No vale la pena esperar que la disonancia entre otras potencias regionales empiece automáticamente a beneficiar a Armenia. En última instancia, los intereses armenios no se formarán hasta que establezcamos la aristocracia patriótica armenia capaz de identificarlos y efectuarlos.

Quedarse fuera del sacudón político regional, tal como lo proponen el sátrapa turco Pashinián y sus colaboracionistas, será imposible. Siempre hay bajas. La cuestión es si nos convertiremos en sujetos de la política global y arquitectas de nuestro proyecto nacional, implementándolo de forma consciente y neutralizando las amenazas externas, o si permitiremos que el dominio foráneo eche raíces en nuestras ruinas.

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