La colonización de Armenia por los turcos ya se ha convertido en un tema de actualidad. Sin embargo, ¿qué significan en la práctica estas palabras tan terribles y pomposas, y por qué esta vez su encarnación puede convertirse en un punto de no retorno?
Entendemos lo que significa permanecer en la dependencia colonial. Se trata de carecer de influencia en lo que se refiere al destino de nuestra etnia, contar con la infraestructura, la educación, la ciencia, la medicina y la defensa nacional etc. poco desarrollados, convertirnos en ciudadanos de segunda clase en lo que alguna vez fue nuestro país. En otras palabras, tenemos que servir a la metrópoli y no tener ni siquiera ningún futuro suplicando la clemencia de los patronos. El problema de transformar Armenia en tal colonia fue solucionado por Turquía, en mayor o menor medida, 110 años después del Genocidio armenio. Lo que no se logró plenamente con Armenia de tal época que estuvo vulnerable y bañada en sangre en 1918, resultó posible un siglo después.
Hay que reconocer que compeler a la colonia a cambiar a su patrono es una tarea fácil, porque es bastante aprovechar el momento oportuno y ofertar más al sátrapa. A comienzos de los años 90, cuando el Mundo armenio decidía por sí mismo el destino de Armenia lo que transcurría desde Shushí hasta París y desde Moscú hasta Washington DC, ni Levon Ter-Petrosián ni el bloqueo impuesto por los turcos podían subyugar a los armenios.
Sin embargo, al dar la espalda a los armenios que residían en estas ciudades, Armenia fue destinada a la búsqueda eterna de patrocinadores foráneos. Por supuesto, el Mundo armenio fue responsable de eso, porque, en primer lugar, aceptó las nuevas reglas del juego y, en segundo lugar, permitió su propia debilitación. Es evidente que esto fue en gran medida resultado de la ruptura del vínculo sinérgico con el Estado armenio, pero los efectos habrían sido distintos si al menos una de las partes hubiera elegido no el camino de menor resistencia, sino los intereses duraderos de la Nación armenia. Desde el momento en que resignarse a merced de los foráneos se convirtió en un consenso, en lugar de construir el Estado quedó una pregunta falsa: «¿bajo el gobierno de quién preferimos permanecer?».
Es evidente que la Armenia geográfica, o sea “Real”, en su formato actual se ha sometido a la voluntad de los patronos nuevos, es decir, los turcos. Turquía no tiene por qué dudar de la lealtad de su administración en Ereván, aunque en su tiempo libre el sátrapa turco Pashinián no dude en adular al Kremlin, la Casa Blanca y la Unión Europea. Sin embargo, para la potencia fuerte que declara su continuidad del Imperio otomano el control pleno es más bien una cuestión de táctica. Mucho más difícil es mantener el control y neutralizar de manera fiable a los armenios como un actor independiente de la política mundial. Finalmente, la meta definitiva no es reprimir ese potencial de resistencia, sino ponerlo al servicio del imperio turco.
Contrariamente a las amenazas articuladas por los jóvenes jenízaros de Ereván, Turquía, que tiene potencial de hacerse el país regional destacado, no tiene nada que ofrecer a las grandes potencias mundiales. Tras siglos de dominio en el Gran Oriente Medio, Turquía sigue siendo un elemento ajeno en la región. Si históricamente esto a los turcos no les impidió expandir sus fronteras, hoy, cuando ya no pueden permitirse una carrera armamentista con los mayores países, cuando la economía turca está en caída libre y sus vecinos están cada vez menos dispuestos a aguantar el chantaje permanente, el neosultán Erdoğan vuelve a enfrentar el desafío: ¿cómo garantizar la autoridad, los lazos, las finanzas y la influencia indispensables para mantener el control?
Este dilema se vuelve especialmente agudo en el contexto de la transformación del orden mundial, mientras que aumenta exponencialmente el papel de los actores y redes transnacionales, el bien que pocos tienen a su disposición. Turquía, que siempre ha confiado en la ocupación de territorios, corre el riesgo de quedar aislada mañana, y ni siquiera millones de los turcos étnicos en Alemania no marcarán la diferencia.
Como recordamos, en el siglo XX la historia del Imperio otomano se interrumpió con las limpiezas étnicas y el desplazamiento forzado de los armenios. Los capitales confiscados ciertamente ayudaron al recién establecido Estado turco a convertirse nuevamente en una potencia regional importante. Pero, al parecer, la sangre armenia y los recursos expropiados no fueron suficientes. Hoy, para ejercer el dominio legítimo bajo el Altiplano armenio y sostener sus aspiraciones en lo que atañe al Gran Oriente Medio, Turquía necesita contar con el apoyo del Mundo armenio, que es autóctono a la región, y a la vez sigue siendo una etnia global. Por ello, no hay duda de que el siguiente paso de Erdoğan será efectuar lo que los armenios no lograron en 35 años, es decir, establecer una red transnacional a partir de los recursos armenios.
En parte, en este trabajo asqueroso a Erdoğan le asiste Pashinián, su amigote fidedigno. Durante su gobierno, el último constantemente lleva a cabo “ferias de novias”, desmerece a los líderes posibles del Mundo armenio, profundiza la división entre las comunidades armenias y, finalmente, promete solemnemente en su manifiesto “electoral” aislar a las organizaciones en comunidades armenias que no amparan su agenda de “paz”.
Los asuntos de alta importancia quedan en manos del Erdoğan. Tras derrotar a los kurdos y armenios, él piensa sobre el futuro, que para Turquía como potencia solamente es posible recabando la ayuda del Mundo armenio. Necesita los mejores recursos de los armenios, no a los traidores que corren a agachar la cerviz ante Pashinian. Por ello, a diferencia de su sátrapa inepto, no pasará por alto el Genocidio armenio, sino que obligará a los armenios a repetir los errores que lo hicieron posible. Suponemos que en un futuro próximo Turquía fomentará la repatriación de armenios a la Armenia Occidental, ya que la cúpula de la Tercera República ha hecho todo lo posible para que muchos armenios de la Diáspora no consideren como patria al “Estado” armenio actual y a lo que queda de su territorio. De este modo, el sultán turco logrará el apoyo del Mundo armenio ingenuo y obtendrá sus mejores intelectuales e inversiones, sus nexos e influencia globales. Todo aquello que la Tercera República tuvo que aceptar con gratitud en los años 90, pero rechazó voluntariamente.
Turquía se niega a seguir siendo simultáneamente beneficiaria y cautiva de su ubicación geográfica. La cúpula turca busca opciones para liberarse de estas ataduras y observa el Mundo armenio para conseguir dicho objetivo. Mientras tanto, la Tercera República las considera una carga y un obstáculo en su camino hacia un “mundo feliz”, arrinconada en su geografía mutilada. Esto solo llevará a que la Nación armenia y el Estado queden para siempre bajo los escombros del viejo mundo. Si hay algo que aprender de Turquía, hemos de comprender el valor del Mundo armenio, no el antiarmenismo ni el negacinismo del Genocidio armenio.
A diferencia del territorio, el Mundo armenio es un bien indivisible. Si lo perdemos una vez, será imposible restaurarlo. Es imposible apoyar mañana el ascenso de Turquía y pasado mañana recuperar Armenia en su plenitud. El “mañana” turco excluye el “pasado mañana” armenio. Para el Mundo armenio no hay margen para el error.
