Creados para crear: ¿Cuál es el sentido de la existencia de los armenios?

Nuestra existencia en este mundo es necesaria, al menos, para preservar el equilibrio entre creación y destrucción.

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Últimamente muchos de nuestros lectores quienes nos apoyan plantean una pregunta interesante y extremadamente importante: ¿tenemos nosotros, los armenios, cualquier valor para la humanidad y qué podemos ofrecerle como futura nación política? La primera reacción a tal asunto previsiblemente será acusar a quien la plantea de iniciar polémica filosófica inútil y sin sentido. Sin embargo, en realidad se trata de una cuestión de importancia crítica.

¿Por qué surgimos siquiera como una civilización y cuál es el sentido de nuestra existencia como un grupo étnico?

La respuesta a esta pregunta va mucho más allá de la filosofía teórica, determinando nuestra modalidad valorativa y funcional. No obstante, antes de formularla, hemos de señalar un principio fundamental, es que, todo lo naciente tiene un sentido y muere por la incapacidad de reconocerlo, aceptarlo y utilizarlo eficazmente.

Hemos destacado en repetidas ocasiones que la meta de cualquier nación consiste en preservar, proteger y multiplicar su patrimonio. Como un fenómeno, el patrimonio consta de dos pilares clave: la cultura (lengua, religión, costumbres y tradiciones) y la historia (victorias y triunfos, derrotas y tragedias). Nosotros, como una etnia antigua que tiene anales colosales, hemos llegado al siglo XXI con nuestro patrimonio único, que ha dejado su huella en distintos rincones del mundo.

¿En qué consiste la excepcionalidad de nuestro patrimonio? En primer lugar, tiene un carácter constructivo. En otros términos, como pueblo nos formamos a través de varios procesos proactivos (constructivos) y no destructivos. Nuestras sagas y nuestra historia reflejan creación, integración y fortalecimiento. No somos conquistadores, ni esclavizadores, ni verdugos. Aún teniendo posibilidades, nunca creamos entidades políticas equivalentes del panarabismo, panosmanismo, panturquismo, paniranismo, paneslavismo o de la Pax Romana.

Así pues, afirmemos que los armenios son una parte constructiva importante de la humanidad, lo cual ya de por sí constituye un valor. Nuestra existencia en este mundo es necesaria, al menos, para preservar el equilibrio entre las cosmovisiones (conceptos) de creación y destrucción. Alrededor del Monte Ararat, donde nació y se formó nuestra tribu, se reiniciaba la vida, se creaba el nuevo mundo tras la destrucción de Sodoma y Gomorra (Ararat como concepto constructivo). El indomable Haik, nuestro antecesor, venció al titán Bel, quien tuvo por objetivo esclavizar y destruir. Mher el Joven, hijo de David de Sasún, está encerrado en una caverna y permanecerá allí hasta el renacimiento y la instauración de un nuevo mundo justo.

Los incrédulos jóvenes jenízaros, que minan sistemáticamente nuestra identidad y la fe en nuestras fuerzas, dirán que todo esto no son más que mitos y leyendas. Quizás por eso el mundo turco lleva ya más de un siglo intentando sacarnos de su camino y hacer todo lo posible para que Mher no salga de la caverna. Primero, ocurrió en Armenia Occidental, donde él quedó prisionero, después lo mismo tuvo lugar en Artsaj. Incluso en caso de la imitativa “Armenia Real” se trata del encarcelamiento de Mher. Sin embargo, lo importante es otra cosa: tanto las epopeyas como la mitología provienen de la realidad, y su apariencia es un signo de alto desarrollo y complejidad social, algo de lo que no dispone cualquier etnia. Sólo patológicos embusteros poco educados perciben nuestros mitos de manera exclusivamente negativa.

Por mucho que lo intenten, la “Armenia Real” nunca se convertirá en parte de las epopeyas, porque una epopeya es una historia que generaciones enteras componen durante siglos. Una epopeya siempre relata origen y su sentido. No se trata aquí de rehusar dicho sentido,  ni de rechazar la meta establecida. Una epopeya refleja las aspiraciones, valores y anhelos de una etnia, significa la visión de su propio lugar y papel en este mundo. No puede imponerse a través de prensa amarilla controlada ni de la televisión pública. Finalmente, una epopeya es una historia orientada hacia el futuro, y ese futuro no existe para una colonia turca. La civilización armenia completó su epopeya al menos ya en el siglo X, antes de que las tribus turcas aparecieran en los terrenos nativos armenios. En la epopeya armenia no hay otra conclusión.

En segundo lugar, personificamos un principio retentivo, un katejón de este mundo, destinado a estorbar el triunfo de las fuerzas destructivas y caóticas. En nuestro artículo anterior escribimos que en el Gran Oriente Medio convergen las arterias civilizacionales de la raza humana. Se sabe que allí mismo se ubicó el paraíso bíblico, donde el ser humano cometió el pecado original al no resistir la fuerza destructiva. Nuestro epicentro civilizacional, o sea el Altiplano armenio, sirve en todos los sentidos como una barrera natural que protege esta región de las amenazas externas.

El hecho de que la reconfiguración total del Oriente Medio en particular, y del orden global en general, haya comenzado una vez más con nosotros, no significa que estemos condenados a permanecer un peón banal en la confrontación entre centros de poder. Al contrario, demuestra que no estamos cumpliendo con nuestra función de contener y combatir las fuerzas destructivas.

El debilitamiento de los armenios resulta demasiado costoso para los países de la región y, por tanto, para el mundo, ya que no hay un solo país al que no haya afectado la intensificación del conflicto israelí-persiano. Se puede seguir negando la realidad y repartir territorios e influencia esperando que alguien sostenga por nosotros el cielo acribillado a balazos. Sin embargo, las leyes de la física no tienen piedad. Es imposible resistir la presión creciente reduciendo la superficie de fulcro.

La tarea mínima es adquirir el fulcro antes de que el cielo se derrumbe sobre nosotros. No hay un homólogo de Atlas en la mitología armenia, podemos arreglarnos, poner en orden el frágil mundo sólo mediante esfuerzos conjuntos. De lo contrario, realmente no habría sentido en nuestra existencia como un grupo etnico. La creación exigirá fuerza, disciplina y capacidad de movilización rápida. Finalmente, se necesita ser sinceros con nosotros mismos, ya no podemos permitirnos actuar ingenuamente ni determinar falsas prioridades. El mundo justo que estamos destinados a alcanzar y por el cual regresará Mher el Joven solamente podrá establecerse cuando protejamos nuestro patrimonio. En un avión que cae, primero se pone la máscara de oxígeno y sólo después al hijo querido. Nosotros, en cambio, sacrificamos voluntariamente lo nuestro para el florecimiento no simplemente de lo ajeno, sino de lo enemigo.

Nos convencen de que somos una etnia pequeña, condenada a vivir bajo la tutela de otras fuerzas, que sin parar promueven antivalores de la destrucción y la subordinación. Cuanto más intentan convencernos y someternos, más evidente se vuelve cuánto necesitan desesperadamente que les creamos. Ha llegado el momento de liberarnos de esta narrativa impuesta y volver a hacer aquello que mejor sabemos hacer: construir lo eterno. Esta vez tenemos que establecer la nación política y el Estado. Solamente con esas prioridades preservaremos nuestro derecho y nuestra capacidad de crear en el futuro.

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