Cuando hablamos de la historia política de diversos países, siempre se le ocurren las figuras más célebres tales como George Washington en EE.UU., Napoleón Bonaparte en Francia, Otto von Bismark en Alemania, David Ben-Gurión en Israel. Estos nombres son familiares no solo para historiadores, especialistas y analistas, sino también para mucha gente en todo el mundo. La grandeza y la importancia histórica de estas figuras son innegables, pero sus logros habrían sido imposibles sin aquellos que les apoyaron técnicamente asumiendo este deber honorable y complejo. Existen tres etapas fundamentales en lo que atañe a la construcción del Estado nacional. Primero, los filósofos y teóricos generan una ideología, entendida como un conjunto de principios diseñados para establecer el sistema de valores unido. La segunda etapa se inicia cuando agentes de cambio empiezan a actuar para preparar una hoja de ruta práctica basada en la ideología articulada por los filósofos, determinando metas y tareas específicas. En la tercera etapa, se forma una agrupación de la burguesía nacional, es decir, la élite financiera, que se compromete a asegurar la implementación de dicha hoja de ruta.
Los filósofos, los agentes de cambio y la burguesía nacional unidos en una sola entidad, constituyen la aristocracia, o sea, un conjunto de personas que se han obligado a formar la nación y el Estado, y que son responsables de su seguridad y desarrollo. No se puede confundir la burguesía nacional con los empresarios en sentido estricto. La única meta que ellos intentan conseguir es acumular el capital y aumentarlo. La burguesía nacional tiene plena consciencia de su lugar y el papel que debe de desempeñar en los procesos trascendentales. Como mínimo, ellos reconocen que los negocios no tienen nada que ver con la política y, por lo tanto, no pretenden sobornar a los agentes de cambio y controlarlos mediante la influencia financiera pervirtiendo la ideología. La mayoría de los empresarios de a pie perciben las categorías filosóficas y políticas complejas superficialmente, sin darse cuenta de las trágicas consecuencias de tal actitud. Sería suficiente decir que, en los negocios una falta estratégica o táctica resulta en las pérdidas o la insolvencia. En política esto conduce a la pérdida de vidas, a las amenazas para el destino de los individuos, la Nación y el Estado.
Un empresario que representa la aristocracia nacional no carece de ambiciones materiales. No vale la pena percibirle como un fanático que está dispuesto a sacrificar todo por su causa sin pensar. A diferencia de un empresario de a pie él comprende la necesidad crítica de examinar un asunto de que se trata profundamente. En su caso, la mentalidad que podemos caracterizar por una fórmula ¨sabemos un par de cosas, porque somos ricos¨ supone una amenaza mortal. La segunda cualidad de un empresario patriota es su conciencia cívica. Se involucra en la lucha nacional no para limpiar su conciencia o sentirse en paz echando agua al mar, sino porque opinan que la riqueza material, por mucha que sea, es temporal. Se necesita proteger el capital incentivando el surgimiento de influencia política eficaz. Solo así el dinero que habitualmente se va como agua entre los dedos se hará el patrimonio nacional.
La burguesía nacional dio impulso a la creación de varias grandes naciones. George Washington, Thomas Jefferson, Benjamin Franklin y John Adams no se habrían atrevido a declarar la guerra al Imperio Británico sin el apoyo de los Van Rensselaer, los Van Rosenvelt (Roosevelt) y los Morris. El rey Jorge III del Reino Unido envió un mensaje a todas las familias más poderosas declarando que la monarquía inglesa consideraría cualquier apoyo financiero o de otro tipo a los «insurgentes» como alta traición, amenazando con las consecuencias negativas. La mayoría de los magnates más ricos de las Trece Colonias optaron por la neutralidad o apoyaron a los británicos. Stephen Van Rensselaer, siendo el líder del clan rico ahí, arriesgó su fortuna y el bienestar de toda su familia. Su padre, quien fundó la dinastía, le enseñó que la riqueza y el estatus social debían servir al bien común. Poseerlos significaba tener el gran privilegio de cooperar para dar forma al futuro de todos. Pocos recuerdan la proeza de tales tres familias, pero de esta manera se refleja la verdadera grandeza.
No lo hicieron para obtener la gloria ni pidieron que plazas y ciudades llevaran sus nombres. No percibieron la lucha por la independencia y el establecimiento de la nación estadounidense como una inversión. Por lo tanto, lograron dejar un legado grandioso, mientras que su descendencia hasta el día de hoy ocupa un lugar prominente en la sociedad norteamericana.
El sionismo de Theodor Herzl no se habría hecho realidad sin el apoyo financiero de los Rothschild. Edmond James de Rothschild aprobó una idea propuesta para los judíos de retornar a la Tierra Israel (Eretz Isra’el), comenzó a adquirir parcelas en Palestina y fomentó la creación y el funcionamiento de organizaciones sionistas. Financió a los sionistas hasta el final de sus días, considerándolo su deber moral. Además, ordenó que sus sucesores continuaran sus actividades en tal ámbito. Como el barón Rothschild dijo, «Sin mí los sionistas no habrían podido hacer nada, no obstante, sin los sionistas, la obra de mi vida habría muerto». Evidentemente, consideraba que la obra de su vida no consistía en obtener ganancias, sino en hacer realidad el sueño milenario del pueblo judío, es decir, el establecimiento de su Estado nacional. Hoy, solo Israel contemporáneo recuerda, valora, honra, preserva y protege el legado de Edmond James de Rothschild. Las familias O’Mara y Kennedy desempeñaron un papel semejante en lo que se refería al desarrollo de Irlanda. Adoptaron el mismo enfoque, observaron los mismos principios, obtuvieron el mismo resultado.
¿Qué tienen en común los Van Rensselaer, los Morris, los Rothschild y los O’Mara? Eran familias de diversos orígenes que vivían en diferentes épocas. Lo que tenían en común eran principios y valores fundamentales. La historia armenia atestigua que las élites financieras a menudo han desempeñado el papel de verdugos del pueblo y del Estado. La Gran Armenia dejó de existir no tanto por las faltas militares y políticas de sus líderes, sino por las intrigas internas de familias nobles que intentaron sacar provecho para sí mismos. Para ellas, el Estado se convirtió en moneda de cambio. La mayoría estuvo dispuesta a vender el Estado barata y rápidamente, para evitar que cayera en manos de un clan rival. Siglos de la esclavitud en su propia tierra habían privado por completo al pueblo armenio de cualesquiera valores morales. Los armenios consideraban verdaderos aristócratas a quienes alcanzaban el éxito financiero, sirviendo a los forasteros, incluidos los opresores, y eran capaces de permitirse una vida de lujo. Estas personas fueron ejemplos a seguir. Fue un gran honor recibirlas en las casas. No sorprende que los otomanos permitieran que los armenios garantizaran una prosperidad financiera. Los armenios en el Imperio Otómano no representaban ninguna amenaza a las autoridades, obedecían órdenes de la cúpula turca y se esforzaron a distanciarse lo más posible de su identidad armenia, considerándola un obstáculo para preservar sus riquezas. Tras la Primera Guerra Mundial el Mundo armenio quedó poco preparado para establecer Armenia independiente. Había filósofos, por instancia, Shahán Natalie, pero jamás la ideología fundamental llegó a surgir. También había agentes de cambio tales como Arám Manoogián, Karekín Nzhdeh, pero la categoría de Estado no se hizo realidad. Había dinastías financieras influyentes, pero no llegaron a convertirse en la burguesía nacional. Lo último fue crucial, porque la mayoría de ricachones armenios desempeñaron un papel trágico en el fracaso de nuestra categoría de Estado. Los capitalistas de ascendencia armenia marcaron la pauta en tales mayores ciudades regionales como Teherán, Constantinopla, Tiflis y Bakú. Entre aquellos se destacó el magnate petrolero Calouste Gulbenkián. En el transcurso del período más trágico en nuestra historia, o sea, el Genocidio y la expulsión de los armenios de Armenia Occidental, la historia brindó una oportunidad para rectificar todo. Tal varón tuvo todas las oportunidades para dar un giro copernicano al estado de cosas geopolítico.
El resumen histórico: Calouste nació en el seno de la familia del acaudalado industrial Sarkis Gulbenkián, quien amasó una gran fortuna importando queroseno del Imperio Ruso al Imperio Otómano. Dirigió tal empresa colaborando con Alexander Mantashev, un magnate petrolero ruso de ascendencia armenia. Sarkis no solo importó queroseno barato, lo cual representó un papel fundamental en la revitalización económica otómana, sino que también lo donó al ejército turco. El sultán reconoció los logros de Gulbenkián nombrándole el gobernante del puerto de Batumi, ubicado en el mar Negro. Calouste se educó en las mejores universidades europeas y, tras titularse, regresó para continuar el negocio de su padre.
Irónicamente las autoridades turcas a quienes los Gulbenkián dedicaron su tiempo, esfuerzo y talento en un instante ordenaron el arresto de todos los armenios adinerados en el transcurso de los pogromos de 1896 (las Masacres hamidianas). Calouste tuvo que escaparse a Egipto, donde fue protegido por Boghos Nubarián, hijo del primer ministro egipcio, Nubar Nubarián. Su estirpe era descendiente del legendario comandante Nubar, la mano derecha de Davíd Bek, quien lideró la guerra de liberación en Syunik (1722-1730). Los Nubarián siempre fueron estadistas armenios de corazón y mente, por lo que la obligación de apoyar a los armenios formaba parte de su código de honor interno. Desafortunadamente, al igual que otro estadista armenio, Arám Manoogián, líder de la Primera República, carecían de un conjunto de principios ideológico nacional unificado, lo que causó la agitación inaceptable entre los armenios. Cada uno veía la salvación del país y del pueblo a su manera, mientras que Gulbenkián solo estaba preocupado con preservar y aunque ampliar su fortuna. Tras la Revolución de los Jóvenes Turcos y el colapso del Imperio Otomano, Gulbenkián retomó el poder. La nueva dirigencia turca que luego básicamente intentariá efectuar la solución final de los armenios le pidió, a través de sus representantes londinenses, que Gulbenkián participase en la creación de un nuevo banco público y recaudase capital europeo a Turquía. Gulbenkián aceptó la oferta. Para 1914, poseía el 30% del Banco Nacional Turco, que le proporcionaba el 15% de Turkish Petroleum. Gulbenkian desempeñó, en esencia, un papel esencial en el descubrimiento del petróleo mesopotámico, ejerciendo una influencia colosal sobre las élites políticas y económicas europeas, incluyendo a la familia anglo-holandesa Deterding, que del gigante petrolero Royal Dutch Shell. El petróleo, un recurso puramente económico, se convirtió en un asunto clave de la geopolítica mundial. Sin duda Gulbenkian lo comprendía, ya que los líderes de las grandes potencias de la época, es decir, el primer ministro británico Lloyd George y el mandatario galo Clemenceau, personalmente sostuvieron las conversaciones con él. La estructura de las relaciones internacionales de la posguerra dependía de Gran Bretaña y Francia, países vencedores de la Primera Guerra Mundial, así como la seguridad energética europea de la posguerra dependía de Calouste Gulbenkián junto con los Mantashev, los Aramiánts y los Lianozov. ¿Podrían haber aprovechado su influencia y capital en beneficio del recién nacido Estado armenio, debilitando a su principal adversario, es decir, la República kemalista de Turquía? Por supuesto que sí. No obstante, aquellos tuvieron otros objetivos. Siendo el principal accionista del Banco Nacional Turco, Calouste Gulbenkián atrajó capital británico (50 % fue la propiedad de Compañía de Petróleos Anglo-Persa, la futura BP), alemanos (25 % fueron acciones del Deutsche Bank), así como la empresa conjunta anglo-neerlandesa (25 % pertenecían a Royal Dutch/Shell) y los turcos tomaron parte en el capital social del banco turco.
El resumen histórico: La lucha por el petróleo iraquí comenzó en 1904, cuando el sultán turco otorgó a una empresa alemana Ferrocarril de Anatolia que fue un filial de Deutsche Bank el derecho a construir el ferrocarril de Bagdad. Los turcos también prometieron conceder a los alemanes permiso para explorar y explotar los recursos minerales, principalmente petroleros, en Mosul. Los británicos estaban preocupados por la creciente actividad alemana en Oriente Medio. Los servicios de inteligencia mantuvieron las negociaciones con los ayudantes del sultán Abdul Hamid. Los secuaces de su favorito Hagóp Kazazián (Hagóp Pashá) formaron parte en el grupo de presión británico. Kazazián presentó a Sarkis Gulbenkián al sultán y consiguió su nombramiento como el gobernante del puerto de Batumi. Hagóp Pashá simpatizaba con los ingleses y a lo largo del tiempo obstaculizaba el desarrollo de las relaciones alemanas-turcas mutuas. Kazazián falleció a los 55 años en circunstancias misteriosas. Las negociaciones con los británicos se interrumpieron tras el derrocamiento de Abdul Hamid y el ascenso al poder de los Jóvenes Turcos, quienes soñaron con una alianza estratégica con Alemania. A los británicos solo les quedaba una opción, es decir, la política de mano dura. Durante la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña ocupó el valiato de Mosul. En 1926, Londres formalizó su victoria militar políticamente. Turquía aceptó el control británico bajo Mosul, que se convirtió en un dominio del Reino Hachemita de Irak, un régimen títere de los ingleses.
Conforme a un acuerdo, la Compañía de Petróleos Anglo-Persa y Royal Dutch/Shell transfirieron a Gulbenkián 2,5% de sus valores cada una, sumando un total de 5%. A propósito, de ahí proviene su apodo ¨el Sr. Cinco Por Ciento¨. Sin embargo, Gulbenkian no utilizó la importancia de recursos energéticos para promover intereses armenios y garantizar la ayuda por parte de Gran Bretaña o Francia, con quienes firmó un pacto secreto para transferir una parte significativa de sus activos petrolíferos en Mosul. Además, esta situación dio la impresión muy negativa en Estados Unidos, que intentaba acceder al petróleo mediooriental respaldando a la categoría de Estado armenia.
El resumen histórico: La Casa Blanca también expresaba su preocupación porque, entre 1911 y 1918, la demanda estadounidense de petróleo aumentó un 90%, mientras que el número de automóviles registrados pasó de 1,8 millones a 9,2 millones. Los expertos predijeron que las reservas estadounidenses exploradas se agotarían en 10 años. Estos pronósticos contribuyeron a la suba de los precios del petróleo e impulsaron al Ejecutivo a respaldar a las empresas petroleras que probaron expandir las importaciones.
El trigésimo primer mandatario estadounidense Herbert Hoover, que en ese momento desempeñaba el cargo de secretario de comercio, propuso establecer un consorcio para explorar y extraer petróleo en Mesopotamia. Esta tarea se encomendó a Standard Oil, el gigante petrolero fundado por John D. Rockefeller. Walter Teagle, el director ejecutivo de Standard Oil NJ (Nueva Jersey), actuó como negociador con los Deterding (Royal Dutch/Shell), los Greenway (Anglo-Persian Oil), los Mercier (Francia) y Calouste Gulbenkián. Los británicos y franceses le informaron a Teagle que solo firmarían un acuerdo aprobado y apoyado por Gulbenkián. Aunque entabló las negociaciones, Gulbenkián no disimuló su irritación por no negociar directamente con Rockefeller. Gulbenkián ni siquiera permitió que Teagle formulase las propuestas estadounidenses, subrayando su falta de interés en los planes estratégicos de EE.UU. ni nuevos socios comerciales. Esta conversación tuvo efectos desagradables para Armenia. Los estrategas norteamericanos presupusieron que el apoyo a la soberanía armenia sirvieron a los intereses de EE.UU. El punto es que los armenios eran cristianos de una denominación no ortodoxa, tenían el potencial comercial y contaban con un considerable respaldo del influyente grupo de presión cristiano en Estados Unidos. Apoyada por Rockefeller, quien financiaba a uno de cada tres políticos federales influyentes en Washington DC, la Armenia Wilsoniana habría podido surgir. Sin embargo, los acontecimientos posteriores, es decir, tuvieron lugar las cumbres cuestionables efectuadas por la élite armenia en diversas capitales mundiales, mientras que Gulbenkián se negó a respaldar a la iniciativa estadounidense, condujeron al resultado opuesto al esperado. El Congreso bloqueó todas las iniciativas del presidente Wilson, las élites armenias de la Diáspora no pudieron elaborar una estrategia unificada, mientras que en Ereván se desató una lucha entre los independentistas y los comunistas. Estados Unidos ni siquiera se hizo miembro de la Sociedad de Naciones que confirió a EE.UU el mandato para Armenia. No obstante, Rockefeller logró superar la resistencia británica, con quienes los estadounidenses iniciaron las conversaciones directas sin la intervención de Gulbenkián. En 1928, el consorcio estadounidense Near East Development Company que incluyó Standard Oil, Socony, Gulf Oil, Pan-American Petroleum and Transport Company y Atlantic Refining entró en el accionariado de Turkish Petroleum, que posteriormente se convertiría en Iraq Petroleum. Como resultado,se estableció el siguiente abanico de los accionistas: Gran Bretaña (Royal Dutch/Shell con 23,75 %, Anglo-Persian Oil con 23,75 %), Francia (Compagnie Française des Pétroles con 23,75 %), Estados Unidos (Near East Development Company con 23,75 %) y Calouste Gulbenkián con 5 %. Ese mismo año, los propietarios de Royal Dutch/Shell, Standard Oil y Anglo-Persian Oil suscribieron el Acuerdo de Achnacarry sobre cuotas de venta del crudo, lo que marcó la creación de las Siete Hermanas, un cártel internacional petrolero. Este cártel vio pragmáticamente una oportunidad para invertir en Turquía, que había defendido su independencia y demostrado voluntad de modernizarse según los estándares occidentales implementando las reformas de Atatürk. Ninguna de las grandes potencias intervino en favor de Armenia. Finalmente, el estadista turco Kemal Atatürk, que carecía de la riqueza y los vínculos de Gulbenkián, llegó a un acuerdo con la Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia, mientras que los estadounidenses, que no habían enviado una delegación oficial a la cumbra en Lausana, concluyeron acuerdos bilaterales con Turquía en el ámbito político, económico y comercial. El ¨legado¨ de Gulbenkián y otros capitalistas armenios se transfirió a países extranjeros tales como Turquía, Portugal, Azerbaiyán soviético, Georgia soviética, Francia, al mismo tiempo que los magnates fueron olvidados. De lo contrario, el legado de Atatürk en Turquía contemporánea, una de las potencias mundiales más poderosas, desempeñó un papel decisivo en la exitosa agresión de Azerbaiyán contra Artsaj y el desplazamiento forzoso de la población armenia.
