Este año se celebra el 109 aniversario del exterminio y expulsión planificados y deliberados de los armenios fuera de su terreno ancestral. Se ha escrito la multitud de literatura de no ficción y la ficcional sobre la historia del Genocidio armenio de 1915-1923, se han producido decenas de documentales y se han celebrado cientos de conferencias cientificas. Sin embargo, hasta el día de hoy permanece abierta la cuestión clave: ¿qué significa el Genocidio para el Mundo armenio? A la luz de los acontecimientos de los últimos tres años, este asunto adquiere un significado cualitativamente nuevo, ya que la respuesta determinará el futuro no sólo de Armenia, sino de toda la etnia armenia global. Es evidente que para responder a tal pregunta se necesita investigarla de manera profunda, integral, interdisciplinaria y multifacética. En este sentido, vale la pena comenzar precisamente con el contexto histórico, depurado de la basura populista y emocional.
El Imperio otomano reemplazó al Imperio bizantino, en el cual armenios y griegos constituyeron la nobleza política y económica. Se trata exclusivamente de etnias, ya que desde el punto de vista estatal eran el fondo de la nación imperial bizantina. La determinaron principalmente el cristianismo ortodoxo oriental y la lealtad a los ideales del monarquismo. Numerosos emperadores bizantinos de origen armenio (siete dinastías) procuraron de manera sistemática conquistar y someter los restos de la Gran Armenia y forzar a los armenios locales, adherentes de la Iglesia apostólica armenia, a convertirse a la ortodoxia.
Los armenios al igual que los griegos también desempeñaron un papel clave en el triunfo de los otomanos. Ante todo, su contribución se reflejó en el amparo por parte de representantes de familias nobles adineradas que aspiraron a conseguir un nuevo alcance de influencia política y prosperidad financiera. Finalmente, en el marco del nuevo Imperio otomano, estos grupos elitistas ocuparon un lugar poco destacado, y sus etnias se enfrentaron a una elección previsible, es decir, formar parte de la nación imperial otomana o existir como ciudadanos de segunda categoría. No obstante, a diferencia del modelo bizantino, en el transcurso del cierto período los representantes de tales grupos étnicos podían participar en la toma de decisiones en el Estado sin adoptar el islam, lo que fue el principal atributo de la identidad otomana. Sucesivamente, los armenios fueron “los primeros entre iguales”, ya que, siendo una minoría cristiana, sirvieron fielmente a los intereses del imperio.
La tarea se veía muy fácil por el hecho de que la nobleza armenio-persa, que había sido tránsfugas de los Mamikonián y los Arsácidas, desempeñó un papel crucial en la primera partición de la Gran Armenia en el año 387, como resultado del cual una quinta parte del Imperio armenio pasó a Bizancio y otra quinta parte al Irán sasánida. El largo período anterior al año 387 puede caracterizarse como una confrontación permanente entre clanes armenios, es decir, los Arsácidas, los Mamikonián, los Artsruni, los Rshtuni, los Manavazián, los Orduni, etcétera. En la lucha por el poder y la influencia utilizaron todos los métodos y herramientas, incluido el apoyo de enemigos externos de Armenia. Entonces, todos estos clanes previamente armenios se transformaron en bizantinos, persas o romano-latinos, convirtiéndose en fieles súbditos de los nuevos señores que dividieron su patria.
Desde el punto de vista de los imperios, una razón más utilitaria por qué los armenios se destacaban entre otras etnias fue su transnacionalidad, una importante herramienta geopolítica y geoeconómica para extender y propagar su influencia. Los armenios contaron con una red comercial y económica muy desarrollada y ramificada que abarcaba las zonas desde China hasta Londres. Para la Sublime Puerta fue especialmente importante la percepción favorable de los armenios en la Europa católica de tal época. La ventaja que los armenios tuvieron frente a los judíos residía en su religión cristiana, y frente a los griegos, quien fueron mayoritariamente ortodoxos, en su denominación apostólica. Los gobernantes del Imperio otomano estaban bien informados de que durante décadas la Iglesia apostólica armenia había sido aliada de la Santa Sede, y que los príncipes armenios mantuvieron relaciones estrechas e incluso de parentesco con muchas cortes reales europeas.
En general, a medida que el sistema otomano evolucionaba, la comunidad armenia la podemos dividir condicionalmente en cuatro grupos:
1. Los que aceptaron todos los atributos del otomanismo y se integraron en la aristocracia imperial.
2. Los que conservaron su devoción al cristianismo apostólico, pero sirvieron a la élite otomana y defendieron los intereses del imperio.
3. La aristocracia armenia étnica, o sea la clerecía y los intelectuales, que aspiraba a preservar la identidad cultural y religiosa armenia, pero sin abordar el asunto de restauración de la soberanía armenia.
4. La mayoría desorganizada, que permanecía como un estrato privado de derechos.
Es evidente que no existía ningún movimiento nacional proarmenio unido y, lo que es más importante, no había ningún grupo elitista que siquiera teóricamente pudiera establecer o ayudar al movimiento de liberación nacional. Más aún, incluso el tercer estamento armenio enseñaba a los suyos a ser fieles al sultán y al imperio. Tal hecho, a su vez, desmonta el mito propagado por la diplomacia turca contemporánea sobre la supuesta “aspiración de los armenios a desintegrar el Imperio otomano y recrear la Gran Armenia”.
Incluso los representantes de las élites armenias europeas y dentro del Imperio ruso abogaban inicialmente por la concesión a la etnia armenia del Imperio otomano de los derechos básicos y las garantías para respetarlos para que los armenios no se asimilaran y se desaparecieran. La absoluta falta de preparación de todos los estratos armenios ante los acontecimientos de 1915, pese a la Masacre de Adana de 1909, sirve como un argumento más que elocuente para afirmar que la así llamada amenaza armenia, una tesis activamente promovida por los turcos, fue quimérica.
No obstante, es necesario aclarar que la Cuestión armenia existía y era un elemento importante del gran juego geopolítico en el Oriente Medio. En primer lugar, cabe señalar que la Cuestión armenia al igual que la griega, la asiria, la búlgara o la serbia formaba parte de la fundamental Cuestión oriental, que abordaba el asunto de la caída inevitable del Enfermo de Europa, o sea, el Imperio otomano, y la partición de sus territorios. Según la lógica de tales procesos políticos, la formación de una agenda política armenia era completamente natural e inevitable, siendo consecuencia de la decadencia del sistema imperial, que siempre iba acompañada de la activación de asuntos nacionales.
El abuso de la Cuestión armenia y de nuestra identidad
La lucha por las posesiones territoriales del Enfermo de Europa se agudizó especialmente en la década de 1870 y se intensificó sucesivamente durante los treinta años siguientes. Cada parte interesada intentaba adquirir palancas y herramientas opcionales, ya que todo el mundo comprendía claramente la necesidad de reducir el territorio de la futura Turquía mediante el establecimiento de nuevos estados nacionales. Varios participantes conocieron la región y de su población profundamente, por ejemplo, Gran Bretaña, Francia, el Imperio ruso. Otras partes, tales como el Imperio alemán, tenían poca experiencia y, por eso, optaron por el enfoque más simple, es decir, respaldar al poder central turco.
La cuestión armenia destacaba especialmente entre los demás, porque tenía un carácter complejo. En primer lugar, residía en territorios estratégicamente importantes del imperio la población armenia numerosa. En segundo lugar, la crema armenia vivía en Europa y en el Imperio ruso y estaba expuesta a posibles manipulaciones políticas. En tercer lugar, las aristocracias regionales armenias desde Estambul hasta Bakú también podrían desempeñar un papel sólido.
¿Deseaba la Turquía posimperial, encabezada por los Jóvenes Turcos, acabar con la Cuestión armenia y deshacerse de los armenios? Sin duda. ¿La apoyó en ese asunto Alemania, que combatía contra Gran Bretaña, Francia y Rusia? De veras.
Por supuesto, la Cuestión armenia la abusaron al máximo todas las partes y, una vez alcanzadas las metas necesarias, fue puesta en estantes hasta “la próxima ocasión”. ¿Lamentaron que más de dos millones de armenios fueran asesinados y deportados? Tal vez por un instante. Lo ocurrido fue el resultado lógico de que la nobleza armenia se había negado a rechazar su papel de mera herramienta, debido a desacuerdos que eran artificialmente incentivados por agentes de influencia implantados por terceras fuerzas. Varios armenios poderosos, por instancia, Calouste Gulbenkián, incluso lograron colaborar con tales fuerzas acumulando una fortuna que luego fue utilizada en beneficio de la lejana Portugal. En términos generales, es evidente que 1915 fue la consecuencia natural de la ausencia de aristocracia proarmenia capaz de proteger nuestros intereses nacionales. El vacío que surge de la falta de actitud propia en lo que se refiere al futuro siempre es llenado por alguien o por algo.
Los acontecimientos posteriores se derivan lógicamente del contexto descrito. Las principales potencias que habían utilizado la Cuestión armenia en su política llegaron a un acuerdo con el nuevo liderazgo turco encabezado por Mustafá Kemal Atatürk. Cada parte recibió su trozo de pastel, excepto la recién establecida Rusia Soviética. Sin su amparo el futuro de la República de Turquía y de su padre fundador colgaba de un cabello. El trabajo se hizo, llegó la época del pragmatismo abierto y a largo plazo.
Las naciones más poderosas abrieron un nuevo jalón de rivalidad en torno a la política, la economía y el comercio, mientras que a los armenios les dejaron “saborear” el Juicio Arbitral emanado por el mandatario estadounidense Thomas Woodrow Wilson. Estaban al tanto de que vender el aire a los armenios no sería difícil, ya que Wilson dibujó el mapa de la Gran Armenia, que calentaba el corazón y brindaba esperanza que la Gran Armenia aparecería.
La realidad fue, sin embargo, diferente. En primer lugar, Wilson, bajo la presión de la mayoría parlamentaria en el Congreso que optaba por el aislacionismo, no estaba particularmente dispuesto a supervisar el establecimiento de la frontera armenio-turca. No tenía otras opciones, porque la Cuestión armenia era básicamente lo único que podían ofrecer el primer ministro británico David Lloyd George y el presidente galo Georges Clemenceau al poco apreciado homólogo norteamericano. En segundo lugar, el Congreso no ratificó ninguno de los actos internacionales elaborados y rubricados por Wilson en ese período. Además, los legisladores aislacionistas no permitieron que la Casa Blanca incorporara a Estados Unidos a la Sociedad de las Naciones, cuya creación había sido impulsada por el presidente Wilson. Ni siquiera resistió seriamente, porque John D. Rockefeller, uno de los patrocinadores más grandes de la campaña electoral de Wilson, se mostró escéptico. Calouste Gulbenkián, conocido como el Talleyrand del petróleo, anteriormente se negó a cooperar con Rockefeller en el ámbito del petróleo otomano de manera ofensiva. En tercer lugar, Estados Unidos llevó a cabo conversaciones por separado con los turcos y acordó los parámetros de la futura cooperación, cuyo apogeo histórico fue la admisión de Turquía en la OTAN tras la Segunda Guerra Mundial por iniciativa del presidente Harry S. Truman.
En el nuevo sistema bipolar de relaciones internacionales, la Cuestión armenia permaneció en espera durante muchos años, hasta la década de 1960. Los soviéticos dieron luz verde a su reapertura en 1965, el 50 aniversario del Genocidio armenio, permitiendo la construcción del complejo memorial Dzidzernakaberd en Ereván. Mediante eso intentaban ganarse la simpatía de las comunidades armenias occidentales, bien integradas en la vida política y económica de sus países de residencia.
Estados Unidos y sus aliados europeos prestaron atención a ese tema y lo consideraron un asunto humanitario. No creían que los soviéticos pudieran influir a la comunidad armenia noratlántica de manera considerable. Por ello, optaron pragmáticamente por profundizar su alianza con Turquía, a la que no convenía irritar innecesariamente. La situación cambió en la década de 1970, cuando Angora comenzó a comportarse de manera “inapropiada”, afirmando cada vez más sus propios intereses al margen de la OTAN.
En 1974, Turquía, miembro de la OTAN, lanzó una operación militar unilateral y ocupó el Chipre norteño. Ese mismo año, en el Congreso estadounidense enseguida se planteó la pregunta de los acontecimientos de 1915. Sólo pasaron apenas 6 meses entre las discusiones políticas y las resoluciones parlamentarias. Desde entonces, el garrote armenio fue agitado por cualquier motivo, y no sólo por los gobiernos, sino también por grandes empresas transnacionales, por ejemplo, el grupo de presión de Boeing facilitó la resolución sobre el Genocidio en 1984. El abuso de la Cuestión armenia duradero fue lógico e inevitable, dada la ausencia de cualquier plataforma capaz de formular la actitud unida y plena de los armenios. Armenia formaba parte de la Unión Soviética, mientras las comunidades millonarias armenias percibían fragmentados y no lograron convertirse en la Diáspora unida representada por un protector, lo que hicieron el Congreso Judío Mundial o la Liga céltica.
La oportunidad para reflexionar sobre nuestras decisiones
La oportunidad histórica de cambiar esta coyuntura surgió tras la disolución de la URSS y la creación de la República de Armenia independiente. Se aparecieron los factores fundamentales para formular la meta nacional unida, o sea, la construcción de un Estado que debía convertirse en una plataforma común en torno a la cual pudiera unirse el pueblo armenio fragmentado y desordenado. Se izó la bandera tricolor armenia en Ereván, Artsaj fue liberado, y por delante tuvimos que escatimar esfuerzos para fortalecer el país con un potencial humano extraordinario.
Los turcos no temían que Armenia independiente presentaría reclamaciones territoriales o exigiría reparaciones. Ellos temían que se establecería en su vecindad la categoría de Estado armenia capaz de sistematizar y estructurar al Mundo armenio. Comprendían que el Mundo armenio en su estado reformado tendría un potencial serio, lo que habían visto a pequeña escala durante la guerra contra Azerbaiyán. Como una nación responsable, simplemente no pudieron hacer caso omiso de eso.
Según el artículo 11 de la Declaración de Independencia de Armenia adoptada en 1990, se decidió como prioridad el trabajo para lograr el reconocimiento internacional del Genocidio Armenio que tuviera lugar en la Turquía otomana y la Armenia Occidental a partir de 1915. Fue un paso importante que vinculaba la Nación con las comunidades armenias, para las cuales la memoria histórica del Genocidio era el único elemento unificador. A partir de entonces, Armenia asumió la responsabilidad de preservar esa memoria y transmitirla a las nuevas generaciones. Sin embargo, esa fórmula carecía de una idea clave, es que, superar los efectos del Genocidio armenio. Sin ello, el asunto del reconocimiento se convirtió automáticamente en un eslogan llamativo, pero humanitario. En el breve período de 1988-1992, los armenios fueron sometidos a limpiezas étnicas de masas y al desplazamiento en Sumgait, Bakú, Shaumián, Maraghar, Kirovabad, mientras se desató una agresión contra los armenios de Artsaj. Al mismo tiempo, la destrucción de las huellas de la civilización armenia precristiana y cristiana en los territorios de la Armenia Occidental histórica y Najicheván no cesó desde 1915. Por esta causa, para el Estado armenio el problema del Genocidio ha de considerarse exclusivamente en el marco de la seguridad nacional en su sentido más amplio.
En lugar de analizar su propia historia de manera multifacética y, sobre esa base, formular una estrategia de seguridad nacional y un concepto de estructuración del Mundo armenio, la dirigencia de la Tercera República optó por otro camino. En un primer momento se eligió la estrategia de hacer la vista gorda sobre la comunidad armenia como base cuantitativa y cualitativa de recursos y cabildeo político para construir la Nación. En la misma Declaración no hay una sola palabra sobre la importancia de la Diáspora, salvo la mención de que un armenio étnico tiene derecho a hacerse ciudadano de Armenia.
Luego, la “crema” local fue más lejos: comenzaron a levantar barreras, muros y alambradas para que un armenio que vivía en una comunidad extranjera ni siquiera pensara en mirar más allá de los límites que se le habían trazado. Ni siquiera se planteó la política de repatriación llevada a cabo a nivel elevado y profesional. Es más, los ciudadanos de Armenia que residían fuera del país, en su mayoría, armenios de la Diáspora, fueron privados del derecho a votar en elecciones nacionales en embajadas y consulados. En otros términos, si querías votar, debías viajar a Armenia. ¿Podía tal sistema de valores generar una actitud adecuada sobre un asunto de tan importancia como el Genocidio y la superación de sus efectos? Es dudoso. Por ello, la así llamada crema de las comunidades y los gobernantes en Ereván dividieron competencias: los primeros se ocuparían de lo que se denominaría con grandilocuencia el reconocimiento internacional del Genocidio, y los segundos se pusieron a realizar la política interna y externa de Armenia. Como suele ocurrir en tales casos, ambas ramas del así llamado establishment, al descubrir con el tiempo intereses mercantiles comunes, se fusionaron en una entidad.
Se considera comúnmente que en los últimos 30 años ha habido un amplio proceso de reconocimiento internacional del Genocidio. Muchos países, entre ellos Francia, Rusia, Canadá e Italia, adoptaron en distintos momentos declaraciones o leyes que reflejaban su actitud hacia los acontecimientos de 1915. Desde la perspectiva de las ideas del humanismo y los derechos humanos, todos estos reconocimientos son importantes. Llamar a las cosas por su nombre puede considerarse, en cierto modo, sinónimo de justicia. Sin embargo, esto es solo una fachada vacía de contenido. Hoy debemos comprenderlo con mayor claridad, pues ninguno de las naciones que reconocieron el Genocidio impuso siquiera sanciones económicas o políticas simbólicas contra Turquía y Azerbaiyán en relación con la agresión armada contra la población armenia de Artsaj, seguida de su expulsión, el saqueo y la destrucción de tumbas, iglesias y otros monumentos nacionales.
No enviaron notas de protesta, no retiraron embajadas, ni adoptaron resoluciones criticones. No hubo nada, ni en el caso del atormentado Artsaj, ni en el proceso gradual de ocupación de Armenia, protegida por el “derecho internacional”. Entonces, ¿cuál fue el sentido de cientos de llamativas resoluciones en cuya aprobación se invirtieron tantas fuerzas y recursos de los grupos de presión? La respuesta es simple: se utilizó el término “Genocidio”, y ese hecho acariciaba el oído y se convirtió en el único criterio nacional de éxito y triunfo.
La traición de la memoria histórica en nombre de la así llamada “paz”
Hoy observamos el jalón final de imitación que dura 30 años, y la actual crema en Ereván se prepara para entregar lo último que aún pertenece a los armenios, es decir, la memoria histórica. Reducir la historia armenia a las fronteras de la Tercera República es el primer paso básico en esa dirección. Para el mundo turco, que se prepara para integrar en sí lo que quede de Armenia contemporánea, este asunto es crucial para deshacerse definitivamente de la Cuestión armenia. La memoria histórica determina la identidad. Es impensable el proceso de construcción nacional sin la identidad. En Angora comprenden perfectamente que sin Armenia soberana como base para reflejar y meditar sobre tal tema, la Cuestión armenia perderá toda esperanza de materializarse. En el mejor de los casos, volverá a servir como un garrote en manos de otras naciones.
Así, el 109 aniversario del Genocidio armenio conmemoramos, mientras que Artsaj ha sido perdido, los terrenos de Armenia están bajo la ocupación militar, 5.000 soldados y oficiales han perdido sus vidas, la dignidad se ha desaparecido, y la brújula moral no funciona. Es indispensable afirmar honestamente que, alcanzando sueños sobre el reconocimiento internacional del Genocidio, el Mundo armenio ha olvidado a efectuar lo principal, es decir, ha fallado en reconocer el Genocidio.
