Hace apenas unos días, Eric Adams, el alcalde de Nueva York, fue acusado de haber cometido un delito federal. Por el momento, el acta de acusación permanece sellado, pero a juzgar por las filtraciones en la mayor prensa internacional, el alcalde actuó como un cabildero para el gobierno de Turquía de manera ilícita. En concreto, se trata de la recepción de fondos para financiar su campaña electoral cometiendo la evasión de la normativa sobre la recaudación de fondos, así como de la violación de la Ley de agentes extranjeros (o FARA) de 1938. Las fuentes informan que una de las condiciones para recibir dicho apoyo financiero fue la renuncia de Adams a publicar mensajes dedicados al 24 de abril, es decir, el Día de conmemoración de las víctimas del Genocidio armenio. Cabe señalar que Nikol Pashinián aceptó, sonriendo a oreja de oreja, un libro regalado por el mandatario turco Recep Erdoğan en el mismo edificio donde los turcos se entrevistaron con el alcalde de Nueva York. No nos sorprenderá que, tras todo esto, sea precisamente Pashinián quien salga en defensa del alcalde neoyorquino e incluso le otorgue un galardón público.
No es una novedad para nosotros que los políticos se involucren en la corrupción pese al país así como que los turcos sigan contratando profesional y sistemáticamente a unos agentes de influencia. Sin embargo, ahora tenemos un nuevo pretexto para volver a abordar un asunto importante, es que, las comunidades y el cabildeo étnico.
Seguramente todos hemos escuchado al menos una vez en la vida el término “Diáspora”. Por lo general, se refiere a cualquier grupo étnico que vive fuera del país de origen. A primera vista, un ciudadano de a pie puede considerar esta definición admisible, pero, en realidad, resulta completamente incorrecta cuando se trata de estados y procesos políticos. La diáspora es una institución fundamental, bien organizada y estructurada, que agrupa a organizaciones locales. Hoy en día, en el mundo solo existen dos diásporas plenamente consolidadas: la irlandesa y la judía. La polaca sigue formándose activamente. Israel e Irlanda son las únicas naciones pequeñas que poseen la fuerza y las capacidades de cualquier superpotencia. Esta fuerza proviene de redes de influencia ramificadas y bien ordenadas en los principales países del mundo. Todas estas redes operan en el marco de un sistema único, protegiendo los intereses del estado de origen. Este sistema permite actuar con rapidez y flexibilidad, minimizando los daños para el Estado y la Nación en momentos críticos.
Todos los demás casos son o bien grupos étnicos (primera etapa), o bien comunidades (segunda etapa). La primera etapa se caracteriza por la ausencia de instituciones responsables de la preservación de la identidad étnica y del establecimiento de mecanismos para desplegar su potencial social, político y económico. En términos sencillos, cada uno vive la vida. La falta del fundamento conduce a la desorientación y a la pérdida de sentido de conservar el propio “Yo” étnico. Por el contrario, se borra la identidad “desventajosa” en favor de una más “ventajosa”.
Puede hablarse de la transición a la etapa de “comunidad” en dos casos. El primero es la existencia de un estado matriz, o sea país de origen, que participe en la preservación y protección de este grupo étnico. El segundo es la presencia de unos intelectuales que asumen la función de proteger dicho grupo étnico. Nosotros nos encontramos en la segunda fase, ya que durante muchos siglos la Iglesia armenia, una institución espiritual y religiosa, sobre cuya importancia y problemas que tiene ya hemos escrito, defendía la identidad armenia. Tras la desintegración de la Unión Soviética se restauró la independencia de Armenia y se logró la victoria en la Guerra de liberación por Artsaj. Estos dos jalones despertaron e inspiraron a las comunidades armenias, que hasta entonces habían estado reúnidas en torno a la Iglesia y a la idea del reconocimiento del Genocidio armenio de 1915-1923. Tras la desintegración del Imperio soviético surgió una oportunidad real de establecer una diáspora hecha y derecha en torno a la idea de fortalecer a Armenia y el factor armenio en el mundo global. Sin embargo, la política de los “Padres fundadores” de la República de Armenia persiguió diametralmente otra meta, es que, utilizar los recursos financieros y de otro tipo que la Diáspora tuvo a su disposición para preservar y reproducir su propio poder, manteniéndola a la máxima distancia posible para que no participase en la formación de la agenda sociopolítica.
Determinadas instituciones dentro de las comunidades fueron convertidas por la cúpula en Ereván en las herramientas para exigir su influencia. De este modo se manifestó un paradójico. El establecimiento del Estado matriz no sólo no desempeñó un papel positivo, sino que además resultó en un retroceso a la primera etapa. Anteriormente, la Iglesia y ciertas organizaciones políticas, en particular, los tres partidos tradicionales, estaban por su cuenta y, al menos de alguna manera, estaban interesadas en la preservación, el fortalecimiento y el desarrollo de sus comunidades. Desde finales de los años 90, se afiliaron con uno u otro clan armenio, ofreciendo sus servicios, desde la preparación de entrevistas lujosas con representantes de las comunidades hasta la recaudación de fondos. En otras palabras, cada uno y su “patrón” en la cúpula de Armenia se pusieron de acuerdo para que un representante de una comunidad comenzara a legitimar a su principal actuando como un agente en el interior de su comunidad. Otras organizaciones comunitarias, al no llegar a un acuerdo con alguien en poder en Ereván, se vendieron a potencias extranjeras, por lo general, a los países donde vivieron, prestándoles varios servicios en lo que se refiere a los asuntos de Armenia. Tal es la situación real en las comunidades, divididas en dos grupos: una minoría estrecha, centrada en el alcanzamiento de sus propios fines, y una mayoría abandonada a su suerte.
Es evidente que en tales circunstancias no vale la pena discutir cualquier cabildeo armenio seriamente. Los logros que alcanzó el grupo de presión armenio a finales de 1988-1994 fueron impulsados en gran medida por la situación geopolítica objetiva, cuando Estados Unidos, al perseguir su propio interés, apoyaba propuestas favorables para los armenios. En cierta medida, la Casa Blanca tenía en cuenta la existencia de una comunidad armenia norteamericana cuyos miembros desempeñaron un papel bastante activo entre los republicanos y los demócratas. Sin embargo, después de que grandes empresas petroleras y gasíferas estadounidenses (y no sólo estadounidenses) entraran en el mercado azerbaiyano tras del Contrato del Siglo de 1994, el equilibrio de intereses y percepciones se desplazó hacia Bakú. En aquel momento, Ereván y los dirigentes de las organizaciones comunitarias tuvieron que aprender que sólo mediante la creación de su propio sistema de influencia fue posible oponerse a este proceso. En lugar de eso, optaron por el camino fácil, es decir, no cambiar nada y mantenerse al margen de la gran política. Se puede evaluar los resultados de tal enfoque por la situación mortalmente peligrosa en la que se encontraron Armenia y las comunidades armenias.
