El final de los años 80 del siglo pasado fue una cúspide del despertar armenio global. A ello contribuyeron numerosos factores objetivos y subjetivos. Por un lado, se hizo evidente e inevitable la desintegración del Imperio soviético, que abrió las nuevas oportunidades para los pueblos que no lograron conservar su independencia tras la Primera Guerra Mundial. Por otro, trascurrió una nueva espiral de catastrofes, es decir, el terremoto de Spitak, las limpiezas étnicas de los armenios en Sumgait, Bakú y Maraghar, la operación militar perpetrada por las fuerzas de seguridad soviético-azerbaiyanas con intención de deportar a los armenios de varios asentamientos en Artsaj, incluidos los estratégicamente importantes Getashén y Martunashén. En aquel momento crítico, el Mundo armenio movilizó recursos significativos, sin los cuales la independencia de Armenia y la liberación de Artsaj habrían sido imposibles.
Pero ¿por qué y cómo ocurrió ese despertar? Sin responder a esta pregunta no podremos comprender las causas profundas de nuestra posterior derrota. El hecho es que, en realidad, ni siquiera nos despertamos, nos despertaron de manera ilusoria.
Tras el final de la Segunda Guerra Mundial se formó un nuevo sistema de relaciones internacionales, en el que marcaban la pauta dos superpotencias nucleares, es que, Estados Unidos y la Unión Soviética. Su confrontación se desarrolló en todos los ámbitos y por todos los rincones del planeta. Sin embargo, cualquier sistema de reglas políticas es variable y tiene un carácter evolutivo. Esto significa que, por lo general, las partes cruzan las líneas rojas solo después de las crisis. Para Washington y Moscú, tal acontecimiento fue la Crisis del Caribe de 1962, cuando el mundo estuvo a punto de la guerra nuclear.
Como resultado de las negociaciones más complejas, los países lograron llegar a un acuerdo semejante al así llamado “pacto de caballeros”, entendiendo que el único desenlace posible de una escalada posterior resultaría en la destrucción de ambos y de toda la humanidad en vano. La política de contención estratégica que se formó directamente después hizo el mundo un lugar más seguro y cambió radicalmente la esencia de toda la confrontación posterior. El soviético Anastas Mikoián[1] y el estadounidense Paul Ignatius (Ignatosián)[2], dos imperialistas y estadistas, llevaron a cabo el trabajo diplomático de precisión quirúrgica para conseguir tal equilibrio. Hasta la fecha, tenemos la información sobre el papel que empeñó Mikoián gracias a las memorias del Anatoly Dobrynin, antiguo embajador soviético en EE. UU., a diferencia de Ignatius, quien fue una parte del círcilo cercano al presidente John Kennedy y al secretario de Defensa Robert McNamara, representantes de la rama irlandesa de la aristocracia estadounidense. Esperamos que pronto la parte del león de los documentos clasificados sobre el papel de Ignatius sea accesible para un estudio más minucioso.
En aquel momento, para la Casa Blanca y el Kremlin el factor armenio se reveló desde un ángulo inesperado. La lógica de las aristocracias norteamericana y soviética era simple: si dos armenios étnicos de extremos opuestos del mundo pueden encontrar rápidamente y de manera eficaz un lenguaje común en un asunto tan complejo, en el que se involucraron halcones sedientos de sangre de ambos lados, y lograr impulsar una decisión equilibrada ante el liderazgo de sus países, entonces ¿qué enorme potencial armenio duerme en diferentes rincones del planeta? Después de ello, en ambos bandos comenzó una secuencia de acontecimientos para despertar al Mundo armenio con el fin de utilizarlo en sus propios intereses.
Los estadistas soviéticos y estadounidenses sabían que la forma más fácil de agitar al Mundo armenio era a través del tema del Genocidio armenio, porque esa fue una herida más dolorosa, profunda y reciente. La administración Kennedy empezó a reanimar este tema con cuidado, mencionando el exterminio deliberado de los armenios en un comunicado enviado a la ONU. Los soviéticos, donde el factor armenio estaba mucho más profundamente integrado en los órganos ejecutivos, diplomáticos y de seguridad, movieron una pieza de manera firma al permitir la construcción en Ereván de un complejo memorial en memoria de las víctimas del Genocidio armenio. Luego los acontecimientos se desarrollaron a gran velocidad: la primera resolución bipartidista sobre el Genocidio armenio en el Congreso de EE. UU. adoptada en 1974, el inicio de la actividad del Ejército Secreto Armenio para la Liberación de Armenia (o ASALA) en 1975, la intensa integración de los armenios étnicos en los partidos Republicano y Demócrata en el período 1962–1980 (Stephen Derounian, George Deukmejian, Charles Pashayan, la familia Mugar de Massachusetts y la familia Paravonian de Illinois), la segunda resolución bipartidista de reconocimiento del Genocidio adoptada en 1982, el aumento al doble de los funcionarios armenios en el Ministerio de asuntos exteriores soviético, el KGB (El Comité de Seguridad del Estado), la nomenklatura militar, etc.
Como se indicó al comienzo del artículo, la cima del despertamiento que el Mundo armenio vio ocurrió a finales de los 80 y principios de los 90, cuando Estados Unidos estaba interesado en la aparición y el fortalecimiento de la categoría del Estado independiente armenio. Teniendo en cuenta la comunidad armenia grande y ya bien integrada en la sociedad, política y economía estadoundense, EE.UU. apostó por el proyeto nacional armenio, que debía desempeñar el papel de puente estratégico en las relaciones entre Rusia Soviética y Estados Unidos. Georgia y Azerbaiyán, las otras repúblicas soviéticas del Cáucaso sur, carecían de una ventaja semejante. Los estadistas estadounidenses estaban tan interesados en el éxito del proyecto armenio que, de facto, y en muchos casos incluso de iure, tomaron unilateralmente el lado de Armenia, obstalicuzando los movimientos bruscos por parte de los enemigos potenciales.
Así, en 1992 se aprobó la Ley de Apoyo a la Libertad, que se convirtió en la base legislativa para establecer las relaciones bilaterales de Washington con las nuevas naciones postsoviéticas. Luego la Sección 907 fue aprobada por la mayoría bipartidista en el Congreso y con respaldo de la Casa Blanca. En el marco de la Sección se prohibió el apoyo económico, militar-técnico u otro a Azerbaiyán debido a la agresión militar perpetrada contra Armenia y Artsaj (Alto Karabaj). Al mismo tiempo, se aprobó apoyo humanitario y económico al propio Artsaj (Alto Karabaj) al amparo de los programas públicos estadounidenses. Bakú y Angora promovían la idea de que esto era consecuencia de la actividad del grupo de presión armenio. Intentaron demostrar que en este proceso no participaron los estadistas estadounidenses que defendián los intereses de Estados Unidos. Sin embargo, la situación era al revés. Todo ocurrió a favor del interés nacional estadounidense, porque en general ningún grupo de cabildeo es capaz de lograr un consenso bipartidista a corto plazo de tal magnitud en el Congreso, cuya posición fue apoyada sin reservas por el mandatario norteamericano.
Los hechos son los hechos. El hecho es que los actores externos, valorando debidamente el potencial del Mundo armenio, lo despertaron, le abrieron muchas puertas y apoyaron la consolidación del proyecto nacional armenio personificado en la República de Armenia y el Artsaj liberado. De otro modo ese despertar no habría podido ocurrir, porque no teníamos una aristocracia nacional agrupada que hubiera llevado a cabo el manifiesto elaborado de lucha por la independencia, como la tuvieron en su momento los irlandeses, los judíos o los polacos.
Sin embargo, nuestros enemigos no tuvieron intención de estar ociosos. Acumularon recursos para negociar con los principales centros de poder. El adversario trabajó de forma persistente y paciente, sacando máximo provecho de nuestros fracasos y faltas. Como consecuencia lograron cambiar el equilibrio de la percepción geopolítica a su favor. Azerbaiyán, una nación postsoviética, artificialmente creada, étnicamente heterogénea, formalmente chií y túrquica, partiendo del bando perdedor que no tenía ni herencia estratégica ni recursos estratégicos globales, debido a nuestra despreocupación, pereza e incapacidad de pensar estratégicamente, se convirtió en un Estado hecho y derecho, porque asumió una actitud consistente y comprensible, estableció una red diversificada de aliados y lobbistas en todo el mundo.
Heydar Alíyev no hizo ningún milagro. Su predecesor Mustafá Kemal Atatürk en Turquía tampoco hizo ningún milagro. Alíyev simplemente estableció el sistema eficaz que, día tras día, desarrollaba las herramientas necesarias para realizar metas estratégicas.
Nosotros, en cambio, sufrimos la derrota cuando permitimos que Heydar Alíyev evitara firmar una capitulación incondicional. Sufrimos la derrota cuando no comprendimos que todo tiene “fecha de caducidad” y que disponíamos de un tiempo limitado para institucionalizar lo que trajo consigo el despertar armenio. Los armenios influyentes dispersos por el mundo siguieron aislándose en lugar de convertirse en parte de una institución transnacional que debía hacerse un recurso intelectual, lobbista, político y económico de la categoría de Estado armenio. Armenia no se convirtió en el centro de un nuevo actor global, es decir, la nación armenia transnacional, sino que se transformó en una colonia física en la que echó raíces un sistema feudal-clánico. Los armenios no se convirtieron en una nación política, unida por una base de valores e ideología cuidadosamente elaborada, sino que siguieron siendo un pueblo que, día tras día, tuvo que llevar a fin de mes.
Los cambios deben iniciarse cuando aceptamos esos hechos y nos resignamos al hecho de que la Tercera República, por la cual dieron sus vidas hijos brillantes del Mundo armenio, se convirtió no en un actor hecho y derecho de las relaciones internacionales y el centro del armenismo mundial, sino en una colonia de segunda categoría y un objeto de trueque entre actores globales y regionales. Las decisiones que afectan al destino del armenismo mundial no las toma la aristocracia nacional formada según los principios y el espíritu de la meritocracia, sino clanes feudales locales que, para preservar sus bienes materiales y la ilusión de poder, entregaron el país a los forasteros.
Las fuerzas externas protegerán este sistema, porque para ellas es comprensible, simple y predecible. En consecuencia, no debemos alimentar la ilusión respecto a las así llamadas “elecciones” del verano de 2026. El sistema feudal-clánico, contando con un sólido amparo externo, sin duda volverá a reproducirse. El régimen colaboracionista y las mismas caras de siempre (“los antiguos”), siendo ramas distintas de un mismo sistema, recibirán de sus patronos otro guion del espectáculo llamado “el poder contra la oposición”. Hay que dejar de concentrarse en personas y partidos, porque todos ellos forman parte de un mismo sistema, mientras que sin destruirlo no habrá ninguna liberación de Armenia. Al fin y al cabo, no son más que sirvientes obedientes que solo intentan conservar sus “cargos”.
Los partidos esquiroles (spoiler parties) y una pequeña red de agentes crearán la ilusión de la existencia de una verdadera alternativa, y jóvenes patriotas con buenas intenciones creerán ingenuamente que en una colonia donde no existe ni existió cultura política, porque nadie había establecido la categoría del Estado, pueden existir “elecciones”, “competencia política” y “lucha” verdaderas. El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, y a los patriotas les está reservado su papel, es decir, crear una cortina de humo para cegar a quienes que creen en cambios inminentes. Para el enemigo es importante que los armenios alberguen la esperanza de cambio constantemente en lugar de una alternativa real y concreta. Por ello, todo aquel que se encuentre fuera de este sistema feudal-clánico, pero al mismo tiempo crea que es capaz de derrotarlo dentro de un juego artificialmente creado, predecible y controlado, debe asumir las consecuencias de legitimar el propio juego y su tanteo completamente previsible.
Nos guste o no, queramos reconocerlo o no, la única oportunidad de cambiar las tornas es establecer una entidad alternativa a la Armenia geográfica colonial, que hoy no nos representa de manera legítima ni es una brújula moral del armenismo mundial. Este año es realmente importancia clave, pero esto no tiene nada que ver con el circo político llamado “elecciones parlamentarias”, porque, una vez más, sus resultados son claros como el sol de mediodía. El año 2026 es importante por otra razón: marca el inicio de un despertar armenio real. A diferencia del anterior, logrará un éxito. Nos conocemos a nosotros mismos y al enemigo, tenemos en cuenta las faltas del pasado, reconocemos y aceptamos la realidad, y somos capaces de afrontar las emociones y actuar con sangre fría. Sabemos que nuestro enemigo es inteligente, fuerte e influyente, pero también sabemos que tiene suficientes puntos débiles. Además, estamos al tanto de que simplemente no existe otro camino.
[1] Revolucionario, estadista y activista del Partido Comunista soviético.
[2] Político estadounidense de origen armenio, que fue Secretario de la Marina de los Estados Unidos y presidente de The Washington Post. Un buque de guerra de la Armada de EE. UU. lleva su nombre.
